Sobre los fondos de salud y de pensiones. | Noticias

Sobre los fondos de salud y de pensiones.

Mas cuesta ser viejo que ser joven, dicen los sembradores de arroz en Samborondón. Y más allá de que ésta regla sea verdadera o, al menos, verosímil, no deja de ser interesante la idea que lo forma, la de poder conocer o calcular los costes de ser viejo. No hay, en Ecuador, mediciones de este tipo, aunque debieran existir. Menos aún se podría hablar de que tengamos cálculos referidos a promedios de coste de vida de ecuatorianos que vivan medio siglo, 60, 70, 80 años y más, ejemplificamos, para saber, efectivamente, si los costes marginales por vivir más tiempo verdaderamente ascienden y cuáles serían, de haberlos, sus ritmos anuales de incrementos marginales. No existen datos así, pero cuando se oye decir a la Señora Lagarde, gerente del FMI, que los ancianos ponen en riesgo la economía global por vivir demasiado, uno imagina que la ancianidad impone costes que la sociedad no puede financiar. Por tanto, el problema es serio. Lo es más si las tendencias demográficas expresan reducciones de las tasas de fecundidad y alargamientos de la longevidad, lo que forma sociedades envejecientes que los procesos de migración no pueden remediar, ni tampoco lo podría hacer el mero alargamiento del tiempo de vida productiva por retardar la edad de jubilación ya que la biología, al menos en parte, es opuesta a ello. La norma es que, salvo excepciones que confirman la regla, no todos envejecen manteniendo su productividad y sin necesidad de ser sustentados por las generaciones jóvenes. Por esto el envejecimiento es definitorio, más aún lo es si el rimo de producción de jóvenes y su cantidad de población se contrae y más aún lo es si envejecer con enfermedades graves es la norma. Esto habla de la importancia de discriminar el gasto en salud del coste de vida a edades avanzadas para establecer con más certeza las exigencias financieras para ambos fondos y sus correspondientes magnitudes. Originariamente, según Wallace, las pensiones públicas se establecieron por razones distintas a las que se escuchan decir. Bismark, el canciller de hierro alemán, su creador, lo planteó muy claramente: "Cualquier persona que espere recibir una pensión en la ancianidad o por enfermedad será feliz y disciplinada. Se trate o no de un Socialismo de Estado, es necesario. Se dice que quizá cueste 200 millones de marcos, 300 millones no me disuadirían. La satisfacción de los pobres y los desheredados no se compraría ni mucho menos por una suma así. Debe realizarse para que se entienda que el Estado, igual que exige, da." Esta finalidad, la del control disciplinado de los pobres y desheredados, no tenía que lograrse, en rigor, pagando las prestaciones. Bismark instituyó requisitos que aseguraba no pagarlas. Se aseguró que la edad de jubilación se situara en los 70 años, muy por encima de la esperanza de vida de los contribuyentes, para garantizar que el Estado no desembolse dinero en ningún caso. Los 70 años, ciertamente, era una cifra muy alta si consideramos, por ejemplo, que en 1900 la media de edad de los americanos era de 23 años, y en Inglaterra era de 24 años. A fines de siglo, según Wallace, esa media de edad se situó entre los 35 y 39 años. Esto es una manera de decir que el gasto en salud para personas que mueren antes de la edad de jubilación debe ser inferior a las que mueren después de la edad de jubilación. Constituir fondos que, en el fondo, no necesiten ser financiados parece una maravilla. Pero es una pesadilla que la esperanza de vida sea mayor a la edad de jubilación, lo que eleva el gasto en salud, pesadilla que se agrava con la reducción irreversible de la tasa de fecundidad y con la imposibilidad estructural de pleno empleo que impide aumentar el número de contribuyentes. No por gusto alguien planteó que era preciso cobrar impuestos a los robots. Lo cierto es que la situación de 5 estrellas, un número creciente de trabajadores y una productividad cada vez mayor, no es fácil de sustentar. Pero todo esto, como fenómeno real, no quita realidad, como calidad de vida, al afán de disfrutar de tiempo libre y de otras posibilidades de hacer antes de abandonar este mundo. Son demandas verdaderas e inconciliables. Lo que se debate, en el fondo, es como lograr que las cuentas, por ingresos y gastos, cuadren, pese a los efectos de la reducción de la tasa de fecundidad. Volver a la situación que formuló Bismarck es sencillamente imposible. Significaría, por ejemplo, una esperanza de vida de 75 años con una edad de jubilación de un siglo. Un fraude evidente que la biología descubre, algo que es menos evidente si esta edad de jubilación fuese de 75 años y la esperanza de vida fuere de 73 años, y así por el estilo, aunque el gasto en salud sea importante. En conclusión, ¿qué queda, aunque sea dificultoso, como lo necesario y posible? Primero, que la política de salud organice el desarrollo de la producción social bajo la perspectiva de gestar la condición de cero hospitales, de manera que, literalmente, el gasto en salud pueda minimizarse o desaparecer, a lo largo de la vida. Y, es lo segundo, que verdaderamente toda expansión de la productividad se traslade efectivamente, y a largo plazo, a los precios, lo que elevaría el poder adquisitivo de los fondos acumulados, lo que permitiría reducir las pensiones nominales, sin que sea preciso reducir el poder adquisitivo de las pensiones, mejor aún si se eleva. Una situación como la bosquejada, a largo plazo, es la mejor para jóvenes y ancianos, les garantizaría a los primeros alcanzar una jubilación con poder adquisitivo y les permitiría a los segundos gozar una jubilación sin tener que depender, al menos excesivamente, de los aportes de una cantidad de jóvenes cada vez menor, asegurando que éstos podrán efectivamente jubilarse. Queda claro, por lo demás, que la inflación es una forma, en el largo plazo, de destruir los fondos que financian las pensiones públicas, los hace enteramente insuficientes.

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